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2007/04/04

> Jason Goodwin: El árbol de los jenízaros > LAS POSIBILIDADES DE UN EUNUCO

  • Las posibilidades de un eunuco
  • Jason Goodwin publica 'El árbol de los jenízaros', 'thriller' histórico sobre un turco castrado que ha cautivado a la crítica internacional
  • El País, 2007-04-04 # Jacinto Antón · Barcelona

Yashim, alias “Lala”, "el guardián", una especie de cruce entre mayordomo, ama de llaves, niñera y jefe de seguridad al servicio de la corte otomana, es el protagonista de “El árbol de los jenízaros” (Seix Barral), del británico Jason Goodwin, un “thriller” histórico que ha despertado enorme entusiasmo entre la crítica internacional. La originalidad del personaje, que se mueve en la convulsa y cambiante Estambul de los años treinta del siglo XIX, radica en que es un eunuco, un hombre castrado. El morbo que provoca en el lector su estado, su libre acceso al harén del sultán Mahmut II y su vida sentimental se suman a una intriga muy lograda y una extraordinaria ambientación histórica a la que no es ajena la formación académica de Goodwin, que estudió historia bizantina en la Universidad de Cambridge y es autor del ensayo “Los señores del horizonte: una historia del Imperio Otomano” (Alianza).


La novela, llena de datos interesantes (por ejemplo que el sultán Osmán fue ejecutado en 1618 comprimiéndole los testículos, que ya es daño) y provista de un sutil sentido del humor, reivindica la denostada figura del eunuco y también la del "feroz" turco. "Me interesaba la figura de ese otro que es el turco, normalizarla y romper con los arquetipos y clichés que ha forjado la tradición occidental, lo del enfermo de Europa, las atrocidades, la crueldad, el erotismo", explica Jason Goodwin, un hombre joven y atractivo con una contagiosa sonrisa. "He estudiado mucho la atmósfera, el detalle, y he depurado mucha información para que el lector se sienta físicamente en la Estambul de la época -que es el verdadero personaje central del libro-, aunque sin caer en el error de convertir mi narración en un ensayo".


En la novela es patente la fascinación que ejercen sobre su autor los orgullosos jenízaros, la élite del Ejército turco, caídos en desgracia y eliminados poco antes de las fechas del relato en una verdadera “noche de los cuchillos largos” en versión alfanje y turbante. De hecho, la intriga se centra en una serie de macabros asesinatos en el marco de una venganza por el aplastamiento por parte del sultán de los jenízaros como fuerza militar. "Eran un tremendo instrumento bélico, y fue gracias a ellos que los sultanes conquistaron su imperio, pero se convirtieron en un elemento de inestabilidad interna".


Sobre el harén imperial, en el palacio de Topkapi, Goodwin advierte contra la romántica imagen de exotismo, lánguida depravación y vicio que esa institución ha dibujado en la imaginación occidental. "Era simplemente una máquina de fabricar sultanes", dice, y añade con un guiño: "Aunque sin duda muy bien lubricada".


La condición de eunuco de Yashim insufla tensión y misterio sexual en la novela. "Ésa es la idea, se van revelando progresivamente detalles del personaje, físicos y emocionales". La aristócrata rusa que tiene una aventura con él no parece descontenta, ¿eh? "Así es". Yashim no ha perdido todos sus poderes, no es, por decirlo à la Musil, un hombre carente completamente de atributos. "No, le han cortado los testículos pero lo demás sigue ahí. Es un caso diferente de los eunucos totales, los célebres eunucos negros del harén, a los que se castraba completamente de un solo golpe de hoja y que llevaban escondido en un pliegue del turbante un tubito de plata para orinar. En todo caso, los eunucos, unos y otros, ofrecían diferentes posibilidades sexuales, algunas incluso mejor para las señoras que las digamos convencionales". La historia completa de Yashim, cómo llegó a ser eunuco y de qué manera exacta se las arregla con el sexo, es algo que su creador irá desarrollando en nuevas novelas sobre el personaje. La próxima, “La serpiente de piedra”, se publicará en inglés este verano. En ella aparece el médico que compartieron lord Byron y el sultán turco. "Me encantan esas coincidencias, el lado de azar, de “serependity”, de la historia". Un interés añadido del personaje de Yashim es su interés por la cocina, en el que sublima sus limitaciones sexuales y que permite a Goodwin mostrar su conocimiento de la vida cotidiana turca.

2007/03/31

> John Rechy: La ciudad de la noche > ENTRE EL GOZO Y LA CULPA

  • Entre el gozo y la culpa
  • El País, Babelia, 2007-03-31 # Luis Antonio de Villena

Entre la autobiografía y el lirismo, la novela narra las andanzas de un chapero en varias ciudades de Estados Unidos. El libro, bueno y atrevido, fue redactado en los años en que eran frecuentes las redadas policiales en bares y parques frecuentados por gais. Más que por sus estampas sórdidas, la novela atrae por su fondo reflexivo.


Hijo de escocés y mexicana, John Rechy nació en El Paso (Tejas) en 1934. Desconocido muchos años fuera del ámbito anglosajón, ha sido el relativo auge de la literatura de tema gay y el más persistente interés de algunos por los ámbitos y mundos marginados lo que ha terminado convirtiendo a Rechy en algo más que un autor de culto. Aunque hasta hoy ha publicado 14 libros (el último un tomo de ensayos, Beneath the skin de 2004), parece que son sus primeras novelas las que siguen deparando atención mayor. Novelas donde la ficción y lo autobiográfico se mezclan declaradamente. En España se tradujo primero su segunda obra, Numerados, de 1967. Y ahora conocemos la primera -y sin duda la más famosa de Rechy-, La ciudad de la noche, de 1963.


Narrada entre la autobiografía realista y un cierto lirismo que pretende dimensionar en más lo narrado, La ciudad de la noche es el relato de las andanzas de un chapero (el propio Rechy) que, abandonando El Paso, decide internarse en el mundo ambiguo de la homosexualidad y la prostitución masculina en varias grandes ciudades de Estados Unidos, desde Nueva York a Nueva Orleans, pasando por Los Ángeles y Chicago. Un mundo sórdido, promiscuo y desesperado al que el protagonista que busca su verdad (acaso su real homosexualidad) se siente irresistiblemente atraído, al tiempo que a menudo lo rechaza en su fuero íntimo. Aquí no podemos evitar recordar la fecha en que el libro fue escrito. Antes de Stonewall y del Orgullo Gay la homosexualidad es sólo tolerada (no abiertamente legal) y son frecuentes las redadas policiales en los bares cutres y los parques que frecuentan clientes, chaperos y travestis o locas. Todo ello es visible no sólo en el relato mismo sino en su tono. A menudo una sombra de oscuridad y autoculpabilidad recorre escenas de noche y marginación -los monólogos de algunos personajes están entre lo mejor del libro- que si hoy podrían ser casi igual de oscuras carecerían (creo) de ese tono existencial o culpable, que de existir, buscaría menos al individuo que padece cuanto a la sociedad que lo ha arrinconado.


La novela de Rechy es buena y atrevida -para 1963- aunque hoy nos atraiga más su fondo reflexivo que sus estampas sórdidas u orgiásticas, con final en el explosivo Mardi Gras de Nueva Orleans, cuando el narrador reconoce que todos, en el fondo, buscan remediar la soledad y un amor, al que a menudo no se atreven. Sin duda estamos ante una novela sólida, con personajes (como el Profesor neoyorquino que se hace llevar "ángeles", los chaperos ante los que diserta; o Sylvia la dueña de un bar gay, que no logra perdonarse la incomprensión que tuvo con su hijo) firmes y bien trazados. Pero es una novela triste, porque el autor no llega a volar por encima de lo que no dejaba de ser un submundo. Por supuesto que Genet, Baldwin o Burroughs habían ido más allá. Pero Rechy fue ambicioso, y no sólo buscó un tema sino además un estilo. Mucha de la actual literatura gay de consumo -norteamericana singularmente- no puede decir lo mismo.


Escrita (como es lógico) con bastante argot, debe ser ésa quizá la dificultad mayor del traductor, que ha hecho un trabajo estimable. Aunque a mí me suene a viejo -la germanía suele ser continua movilidad- el término "reinona" para referirse a una loca muy afeminada y mucho más habitualmente a un travestido. Creo que "locaza" o "travestón" (según los casos) hubieran sido más exactos. Pero acaso sea sólo menudencia en un trabajo bien hecho. Y la novela no es de poca monta.

2007/01/27

> Kritika: Luis Antonio de Villena > JUAN ANTONIO GONZALEZ IGLESIAS: ENTRE EL GIMNASIO Y LA BIBLIOTECA

  • Poetas de perfil
  • Entre el gimnasio y la biblioteca
  • El País, 2007-01-27 # Luis Antonio de Villena

Lo primero (creo yo) que habrá de llamar la atención de quien no lo conozca es algo así como una radiante, casi infantil timidez. Porque este culto profesor de latín de la Universidad de Salamanca ("Quod natura non dat, Salmantica non praestat") tiene aún no poco de niño escondido: el mozo griego, también, si la antigua Grecia fue la juventud de Europa. Después, uno irá notando al hombre firme en sus convicciones, valiente, al que naturalmente preocupa mucho más la verdad que la moda. Hoy, a sus 42 años cumplidos, Juan Antonio González Iglesias es para mí uno de los tres mejores poetas nuevos de España. Ya he dicho otras veces que hoy pocos poetas menores de 40 años (y probablemente haya sido así a menudo) logran libros con voz propia. Bien hechos, muchos. Con "voz" -con ese singular sello del arte propio- apenas. González Iglesias alcanzó esa voz ya en su segundo libro “Esto es mi cuerpo” (Visor), de 1997. Ahora, el cuarto (reciente Premio Loewe) la confirma: “Eros es más”. Sin duda.


Salmantino antiguo, pindárico moderno, amante de la flexibilidad, como cuerpo y energía, este refinado filólogo es un absoluto moderno. Pero también (y quizá por lo mismo) un claro disidente. San Agustín dejó dicho que es beneficioso que existan herejes: "Oportet haereses esse". Homosexual convencido del mejor y más cultivado "eros socrático", González Iglesias está en contra de las bodas gays, que desnaturalizan el amor masculino. Tolerante y ardiente amante de la libertad, crítico con la rancia jerarquía de la Iglesia romana, Juan Antonio se siente cristiano. Quizás heterodoxo. Por ello, los "progres" lo situarán como conservador, y los "carcas" -usemos dos sustantivos gastados- como progresista nato. Y algo hay de verdad, pues González Iglesias es -profundamente- un conservador en el progreso. Igual su límpida, honda, clara, cinceladísima poesía. Nutrida de tradición y cultura (y por eso también de sentido de la excelencia) está completamente abierta a la vida de ahora mismo. Nada de rancio hay en ella, todo lo contrario. Como siempre, su buen culturalismo sólo puede ser, sólo es, una decidida apuesta por la vida a puertas abiertas, por la vida en que la libertad individual relumbre en la justicia colectiva. A veces uno lo ve como un romano de la República (sin llegar a Catón), pero sobre todo como un estoico: entre Adriano y Marco Aurelio, tal el autor (ya convinimos en Andrés Fernández de Andrada) de la “Epístola moral a Fabi”o, esa joya de nuestra literatura aurisecular. Hombre de tiempo lento, de mucho sosiego (a veces un algo sabio distraído, a qué no decirlo), González Iglesias otras veces -diría yo que cuando más le importa- es todo energía y actividad, como sus admirados atletas. Vital, muy capaz de esfuerzo, nunca desfalleciente. Eso sí, para volver al silencio y a la pausa casi claustral, que trae a la mente a monjes medievales y también (en otra animología cultural) a los irónicos zenistas. Romano taoísta, Juan Antonio nos mira con simpatía y distancia a los desordenados greco-sirios, tan decadentes. Él es lo contrario a la decadencia: un brindis por la aún hacedera juventud de un mundo distinto, renovado, y de una España plural que no tenga miedo a su viejo nombre. Su vigorosa y delicada poesía -crisantemo y acero- es lo mismo. Ha traducido espléndidamente a Catulo, pero yo diría que él es más horaciano que catuliano. Un senequista, sin las avaricias y desórdenes del Séneca histórico. Pero sobre todo, Juan Antonio es un moderno que va al gimnasio y come "sushi", y que sólo aspira a vivir -en poeta- la modernidad en la tradición. Un cultivador de lo bello, mejor que esteta. Y un ser alegre, porque a los limpios de corazón (que hablan de sexo y practican sexo) les es dada, siempre como un don, la alegría. La inocencia del sabio. La lenta virtud del enamorado de los libros y de los cuerpos hermosos. La Epístola de nuevo: "Un ángulo me basta entre mis lares, / un libro y un amigo, un sueño breve, /que no perturben deudas ni pesares". Máximo delirio del catolicismo (ojalá sea verdad) "los cuerpos gloriosos". Todos volveremos un día a la plenitud de nuestro cuerpo celeste, perfeccionado, y el gozo será el placer puro de quienes sólo en el amor viven, también físico. Pablo García Baena y Vicente Núñez, maestros de Juan Antonio (y a quienes también quiero y admiro) han soñado con estas sutiles cosas. ¿He hablado de un hombre? Mejor he hablado -y todo el rato- de su poesía. Fina, templada, sobria, castellana, latina, suya: el inicio del siglo XXI. Un defecto: es tan personal que -me temo- no podrá tener discípulos. La sobriedad del lujo.

2007/01/20

> Kritika: 20 PENSADORAS DEL SIGLO XX > MISTICA Y REALIDAD FEMENINA

  • Mística y realidad femenina
  • El País, 2007-01-20 # Isidoro Reguera
  • 20 PENSADORAS DEL SIGLO XX. TOMO I # Edición de M. J. Guerra y A. Hardisson # Ediciones Nobel. Oviedo, 2006 # 200 páginas. 14 euros

Diez mujeres, expertas filósofas, dedicadas profesionalmente a la filosofía en el ámbito académico, escriben sobre diez mujeres excepcionales del siglo XX (en un segundo tomo se doblará el asunto). Sus estudios son la elaboración de conferencias que dieron en el Ateneo de La Laguna, institución con una trayectoria cultural interesantísima en estos últimos años que han abocado en el de su centenario. El hecho de que las autoras se inserten en mayor o menor grado dentro de la comunidad filosófica feminista, y de que en la mayoría de los diez capítulos, no todos, la cuestión feminista sea el objeto primordial de indagación en torno a una pensadora (sea porque el objeto de su pensar haya sido fundamentalmente ése, o porque, aunque no lo haya sido, se la intente confrontar con él), añade interés al libro.


La militancia feminista apenas se deja notar a ráfagas escolásticas en algún capítulo. Prima una profunda convicción en ese sentido, que mentes serenas quieren y consiguen desplegar, comunicar, objetivamente, con un pathos añadido que eleva el texto por encima de la exangüinidad académica. El lector que quiera introducirse en la figura y pensamiento de estas diez pensadoras puede estar seguro de que no va a perder el tiempo con este libro, porque, tras la fácil lectura de sus doscientas páginas escasas, acabará con una idea clara y distinta de cada una de esas mujeres y del derrotero histórico que en el siglo XX les tocó vivir a ellas y, con ellas y por ellas, a una de las grandes cuestiones mucho más que teóricas de nuestro tiempo.


Un abanico espléndido. Lou Salomé, mujer fatal, promiscua, hombreriega, una gran "pensadora oral". La tremenda Emma Goldmann, la Roja, anarquista, para quien el amor libre y el control de natalidad liberaban más a la mujer que otras pamplinas como el sufragio: tan inútil en mujeres como en hombres, porque lo único que hace es reforzar siempre la omnipotencia de los mismos. Rosa Luxemburgo, la mártir comunista, que parece que siempre tuvo en la cabeza la liberación de un universal proletario más que la de la particularidad femenina, que dejaba en manos de la imperiosidad del fatum revolucionario. Alexandra Kollontai, por el contrario, se enfrentó al aparato del partido comunista ruso, al que pertenecía, porque pensaba que la liberación femenina contribuiría al triunfo de la revolución, del que no era sólo una secuela necesaria; proporcionó a la desinhibición sexual una dimensión política, aunque su erotismo emancipatorio fuera cercenado por las medidas familiar-conservadoras de Stalin. Elvira López, en otra onda, parte de una constatación sorprendente: el universal kantiano no se aplica a las mujeres; una exclusión tan ilegítima como absurda, desde luego.


El morbo retórico-feminista de Virginia Woolf: entre androginia conceptual y práctica bisexual, la mujer ha de vivir en la ambigüedad e indeterminación (de un tercer sexo intermedio) a fin de poder existir como entidad propia. Las grandes -quizá las más grandes- pensadoras Hannah Arendt y María Zambrano, para quienes parece que el feminismo no fue tema. Simone de Beauvoir, la autora del más importante ensayo feminista del siglo XX, El segundo sexo (1949), que se plegó, sin embargo, al sistema masculino de exclusión de las mujeres del saber, y a quien habría que reivindicar a pesar suyo en este sentido. El feminismo no airado de Betty Friedan, la feminista quizá más famosa e influyente, que no gusta, sin embargo, a todas, debido a su supuesto camaleonismo estratégico, a su pretendida debilidad teórica, inherente al loable empeño de acercarse también a las amas de casa; debido, sobre todo, a que su inclusión de los hombres en la prisión de la mística femenina resta toda importancia al tema del patriarcado y sus privilegios, sin el que no sería posible entender nada.


¿Hay mucho que entender, o que pensar, todavía en las sociedades libres para que la mujer se libere? (Emma la Roja hablaba de la emancipación de la emancipación). ¿Hay que ser feminista para ser pensadora? ¿Hay que ser todavía feminista para ser una mujer liberada? (Este libro supone una aventura de consciencia muy interesante).


Diez profesoras escriben sobre intelectuales que marcaron la historia del siglo XX desde el punto de vista de las mujeres, como Rosa Luxemburgo, Emma Goldmann, Alexandra Kollontai, Virginia Woolf, Hannah Arendt, María Zambrano o Simone de Beauvoir.

2007/01/17

> Elkarrizketa: JACKIE COLLINS > "ME SORPRENDE LA TOLERANCIA DE LOS VASCOS ANTE LA SEXUALIDAD"

  • Entrevista: Jackie Collins
  • "Me sorprende la tolerancia de los vascos ante la sexualidad"
  • El País, País Vasco arg., 2007-01-17 # T. G. Crespo · Vitoria

El novelista, abogado y Síndico (defensor del Vecino) de Vitoria, Javier Otaola, y la profesora de la Universidad de Northumbria (Gran Bretaña) Jackie Collins califican su relación como serendipity (un "feliz encuentro"). Un encuentro que se estableció a partir de la novela "Brocheta de carne", de Otaola, protagonizada por una agente de la Ertzaintza lesbiana. Collins (Oldham, Gran Bretaña, 1964) se ha centrado en el estudio de la novela policiaca anglosajona y la literatura lésbica española, lo que propició el contacto. Collins intervino la semana pasada en Vitoria en una jornada sobre literatura y lesbianismo.


P. ¿Cómo llegó a sus manos "Brocheta de carne"?
R. Participo en un grupo de trabajo con académicos del ámbito anglosajón sobre la novela policiaca. Uno de mis colegas, australiano, de viaje en Barcelona, encontró la obra en una librería y me la envió. Me dijo: "La novela no tiene nada que ver con la portada [una fotografía de las nalgas de una mujer vestida de lencería con el escudo de la Ertzaintza]; te gustará".


P. Parece que le ha interesado, ya que ha escrito un largo comentario crítico sobre la novela.
R. Creo que es una obra atípica. Es muy rara la literatura lésbica en español, y mucho más si está escrita por un hombre, pero lo que más me atrajo es que la protagonista, una policía lesbiana, no muere ni cae en desgracia, final habitual en esta narrativa. Sin olvidar que cuenta con el respeto de sus compañeros, que valoran su profesionalidad por encima de todo. Lo habitual en cualquier relato policiaco protagonizado por mujeres, independientemente de su opción sexual, pasa por una defensa de su capacidad laboral en todo momento.


P. ¿Cómo es el tratamiento de la realidad lésbica en la novela?
R. Evidentemente, los sentimientos están bien expresados, en el sentido de que el amor, el odio, el sufrimiento, la ira o la compasión son iguales para todos los seres humanos, pero sí me ha sorprendido la normalidad con la que la sociedad vasca asume esas sexualidades marginales. Parece que es más tolerante que lo que abunda el tópico. Lo que me parece verosímil, desde el momento en que, por ejemplo, el ararteko es gay o el alcalde de Vitoria es uno de los pocos dirigentes del PP que ha asumido el matrimonio homosexual.


P. ¿Y en cuanto al respeto del canon de la novela policiaca?
R. Otaola asume alguno de los tópicos, como que la protagonista se encuentra sola, al principio, después de una ruptura sentimental. Sin embargo, el final es raro, porque, aunque la detective tiene la última palabra, que queda expresamente sobre las de la Iglesia, la Medicina o la Ley, algo habitual en la novela negra, resulta chocante dada la personalidad de la protagonista.


P. Lo que sí se puede considerar es una excepción en el panorama de la novela española.
R. Sobre todo, porque no hay apenas apuntes de narrativa policiaca lésbica, salvo las obras de Lola Van Guardia [seudónimo de Isabel Franc], que protagoniza la detective Enma García. Pero la sorpresa principal que me llevé fue que Brocheta de carne estaba escrita por un hombre, con lo que no sé si se podría incluir expresamente en el apartado de literatura lésbica [risas].

2006/10/08

> Saiakera: "GAYS Y LESBIANAS. VIDA Y CULTURA", A CARGO DE ROBERT ALDRICH

  • Gays y lesbianas en la historia
  • Historiadores de nueve países analizan las relaciones entre personas del mismo sexo a lo largo de los siglos
  • Trece historiadores de nueve países diferentes, bajo la dirección de Robert Aldrich, han colaborado en esta obra que muestra una visión general de la historia de la que ha surgido la rica y variada cultura gay y lésbica actual.
  • El País, Domingo gehigarria, 2006-10-08 # Varios autores
En el verano de 1969 se formó en Nueva York una organización política llamada Gay Liberation Front (GLF, Frente de Liberación Gay) como resultado de un encuentro entre la vida gay y la cultura política radical de la Nueva Izquierda. A finales de junio del mismo año, una redada policial en Stonewall Inn, un bar de copas de Nueva York, había desatado una revuelta encabezada por travestidos que duró varios días, un hecho sin precedentes en la historia gay. Sin embargo, el incidente se inscribe dentro del contexto general de enfrentamientos entre la policía y los radicales emergentes, tales como los Black Panthers (Panteras Negras), las activistas feministas y los pacifistas, que aparecían con relativa frecuencia.

El Frente de Liberación Gay se había creado unas semanas después de los acontecimientos de Stonewall, y al estar influido por los principios y el discurso de otras formas de radicalismo, proporcionó un medio de expresión a una nueva generación que rechazaba la política y el orden social de la posguerra y que estaba dispuesta a echarse a la calle para manifestar su descontento (como había ocurrido un año antes en París y en muchas ciudades estadounidenses). Los movimientos juveniles buscaban la autenticidad, la sensualidad y la vida en común, y se rebelaban contra lo que consideraban marginación social producida por una sociedad burocrática y consumista. Estos hombres y mujeres jóvenes se negaron también a que la familia nuclear, con las funciones que acarreaba y la sumisión a la autoridad que encarnaba, los maniatara por la fuerza.

La experiencia compartida de varias sociedades occidentales con respecto a los importantes cambios culturales en curso y a la agitación política del momento explica en parte la rapidez con la que adoptaron el modelo que ofreció el Frente de Liberación Gay. En Gran Bretaña, unos jóvenes que habían formado parte del movimiento hippy americano, de los Panteras Negras y de la Gay Activist Alliance (Alianza de Activistas Gays) formaron en octubre de 1970 una asociación a la que pusieron el mismo nombre. En ese mismo año se estableció en París el Front Homosexuel d'Action Révolutionnaire (FHAR); en agosto de 1971 se creó el Homosexuelle Aktion Westberlin alemán, y unos meses más tarde apareció en Italia el Fronte Unitario Omosessuale Rivoluzionario Italiano (su acrónimo FUORI significa también fuera). Organizaciones similares fueron creadas en Canadá, Australia y otros países europeos.

La situación alemana constituye un buen ejemplo del clima general presente en aquellos tiempos. En 1970, Rosa von Praunheim (nombre que utilizaba cuando se vestía de mujer), desconocedor de los movimientos de la época en Estados Unidos, hizo una película cuya censura desencadenó la formación del movimiento de derechos gay de la región. Nicht der Homosexuelle ist Pervers, sondern die Situation in der er lebt (No es malsano el homosexual, sino la situación en la que se le obliga a vivir) es la historia de un hombre joven de provincias que se muda a Berlín y se abre camino a través de la subcultura gay, conociendo a numerosos personajes presentados de forma negativa y afectados adversamente por las circunstancias en las que les toca vivir (los actos homosexuales siguieron siendo ilegales según el párrafo 175 del Código Penal alemán, y la homosexualidad, objeto de desaprobación generalizada). Al final, el protagonista encuentra su liberación personal en una comuna gay, cuyos miembros le enseñan a admitir públicamente su propia homosexualidad y a entender que el verdadero problema no está en sus tendencias sexuales, sino en la homofobia que se consiente socialmente.

Tema clave
La liberación se convirtió en un tema clave de estos movimientos, pues implicaba una determinada visión de la naturaleza, examinaba las causas de la homofobia, esgrimía los argumentos que había que utilizar en su contra y los medios por los que se podía combatir. Mientras que los homófilos eran partidarios de un enfoque integracionista, los frentes de liberación gay adoptaban una perspectiva política muy diferente, basada en el análisis integral de las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales, enormemente influida por el marxismo y la crítica marxista del psicoanálisis. Las causas de la homofobia eran inherentes a la clase media y a la ética capitalista: el racismo, el imperialismo y la represión sexual eran expresiones e instrumentos de explotación que se utilizaban contra un grupo social. Por consiguiente, para la lucha se consideraron esenciales las alianzas con otros grupos oprimidos (la clase trabajadora, la mujer y las minorías étnicas). Si el sistema completo (la clase dirigente) era la raíz de la opresión, los homosexuales no podían alcanzar la liberación reclamando su propio espacio; de hecho, las zonas de tolerancia creadas en algunas ciudades provocaron críticas, pues se consideraron guetos que debían abrirse y liberarse. En cambio, el objetivo de los liberacionistas gays fue el de transformar el conjunto de la sociedad.

Aunque había diferencias entre los movimientos que buscaban ante todo un tipo de transformación cultural (como sucedía en Estados Unidos) y aquellos para los que era más fuerte la tradición revolucionaria (como en Francia y Alemania), todos compartían un principio básico: "Es demasiado tarde para el liberalismo" -es decir, era demasiado tarde para esperar la inserción en la sociedad a través de peticiones educadas de reforma.

El orden liberal y de clase media se enfrentó, por tanto, al desafío de uno de sus preceptos más esenciales: la distinción entre lo público y lo privado. El eslogan "lo personal es político" expresaba confianza en la capacidad transformadora de manifestar en público el auténtico y privado ser de uno mismo; entre los homosexuales, esto significaba revelarse abiertamente, destaparse. Para las generaciones anteriores, la expresión había tenido el significado de darse a conocer a otros homosexuales dentro de una esfera pública alternativa, y, sin embargo, ahora condensaba la necesidad de afirmar la propia identidad en la esfera pública oficial, negando así una diferencia que existía entre los papeles público y privado. "La locura del armario debe terminar", escribió el activista Carl Wittman en su Gay Manifesto (1969): el armario era un emblema de opresión, una interiorización de la homofobia que sólo se podía derrumbar si uno se destapaba y declaraba su postura.

Para los liberacionistas gays, el acto sexual en sí era revolucionario: según Guy Hokquenghem, filósofo francés y uno de los líderes del FHAR, el patriarcado se fundó en el contraste entre el poder público del falo y la privatización del ano. Por tanto, liberar el ano a través de la sexualidad masculina era socavar los fundamentos de las relaciones sociales patriarcales. Para el escritor y activista Mario Mieli, los gays desafiaban los mismos conceptos de heterosexualidad y masculinidad al travestirse y ser penetrados, y contribuían así a la liberación de la raza humana. Para el científico político australiano Dennis Altman, la sexualidad gay masculina ofrecía la posibilidad de existencia de nuevas configuraciones de relaciones sociales. La ideología y el estilo de la liberación gay llegó a ser provocativo, efusivo y en ocasiones gracioso: "Ponerse maquillaje es un estilo de vida", gritaban los gazolines franceses, un grupo situacionista unido estrechamente al FHAR y a los herederos de los folles, estigmatizados diez años antes por Baudry y los homófilos franceses. Y añadían: "Montaremos las próximas barricadas vestidos de traje de noche".

Actividades públicas
Las actividades públicas de los liberacionistas gays eran provocadoras en sí mismas y constituían una ruptura con respecto a la práctica anterior. Un ejemplo de ello es la primera aparición pública importante del recién formado FUORI, que se celebró en abril de 1972 en San Remo, en una conferencia del Centro Italiano de Sexología, dedicado a las causas de la homosexualidad y a las terapias para vencerla. Entre sus insignes invitados se encontraba el psiquiatra británico Philip Feldmann, defensor de la terapia de aversión mediante el tratamiento de descargas eléctricas. Fuera del edificio protestaron cuarenta manifestantes, mientras que dentro, algunos activistas solicitaron dirigirse a la asamblea. Ante unos asistentes estupefactos, el presidente de FUORI, Angelo Pezzana, comenzó declarando: "Soy homosexual y estoy feliz de serlo".

El auge de los movimientos de liberación gay finalizó al cabo de unos años, al desaparecer el radicalismo político a partir de la segunda mitad de los años setenta. La convicción que tenían al principio de que la revolución era inminente (una revolución en la que los gays y las lesbianas solamente tendrían que subirse al tren) fue perdiendo fuerza. Además, los movimientos gays se enfrentaron a serios problemas de organización en todos los lugares y, sobre todo, tropezaron con el problema de definir su propia identidad. Ésta había sido un factor esencial en el funcionamiento de la lucha contra la opresión, y aglutinador de cara a la movilización colectiva. Sin embargo, aunque el reclamo de esa identidad dio vigor durante muchos años a las fuerzas que luchaban por el cambio, también propició la disolución de alianzas incómodas e impulsó su fragmentación en programas cada vez más específicos. Esto se manifestó de forma patente, por ejemplo, en Estados Unidos, donde los homosexuales afroamericanos creían que el movimiento no ofrecía lo suficiente a aquellos individuos oprimidos no sólo por su sexualidad, sino también por el color de la piel. En casi todos los lugares, las lesbianas se mostraron descontentas por ser apartadas de la mayoría de los grupos feministas y, a la vez, desilusionadas por el movimiento gay misógino y centralizado. La decepción dio lugar a la necesidad de nuevas teorías del lesbianismo, a la aparición de la lesbiana feminista, e incluso contribuyó a la idea del separatismo lésbico.

El declive de los movimientos de liberación gay llevó a su desintegración en una multiplicidad de ideologías, grupos y tendencias. No obstante, los liberacionistas hicieron hincapié en la salida del armario y en la destrucción de la barrera entre el yo privado y el yo público como parte de la lucha contra la homofobia. Como tal, su legado reflejó cambios generales que habían tenido lugar en la vida de gays y lesbianas, cambios que garantizaron que los objetivos y métodos de los movimientos de liberación gay de los años setenta fueran profundamente distintos de los movimientos homófilos de los años cincuenta.

El menor entusiasmo por el cambio político, hasta entonces característico de la liberación gay, había dejado el campo abierto para otro tipo de militancia: la de los llamados grupos activistas. Aunque ya existían en algunos lugares en los vertiginosos días del radicalismo de la década de 1970, los grupos activistas se multiplicaron considerablemente en los años posteriores. El más importante, la Alianza de Activistas Gays, se creó cuando un grupo disidente se separó del Frente de Liberación Gay. Su programa político, al igual que el de otras organizaciones semejantes, era bastante extenso: cambios en la legislación de los derechos civiles (incluida la despenalización de los actos homosexuales en los países donde todavía seguían siendo ilegales) y fomento de un trato más favorable de los homosexuales en los medios de comunicación. Hacían también especial énfasis en la salida del armario y en el lenguaje del orgullo y la autoafirmación, con ocasionales participaciones en protestas rebeldes y furiosas.

Sin embargo, los activistas gays se diferenciaban claramente del movimiento de liberación gay en al menos dos aspectos. En primer lugar, el programa de los activistas se centraba exclusivamente en los gays y lesbianas, más que en un intento de provocar una revolución social y política total. En segundo lugar, las organizaciones estaban bien estructuradas según unas líneas más tradicionales (en vez de ser frentes, colectivos y otras alianzas vagas), y sabían cómo relacionarse con el sistema político de manera eficaz -algo fundamental-, estableciendo grupos de presión que se implicaban en las campañas electorales, influyendo sobre determinadas causas, reclutando miembros y utilizando los medios de comunicación para promover sus fines. Los grupos de activistas perseguían también a otras instituciones, como las asociaciones profesionales, que consideraban partícipes de la opresión, consiguiendo resultados significativos: por ejemplo, en Estados Unidos, los activistas alcanzaron una importante victoria en 1973, cuando la Asociación Psiquiátrica Americana borró la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales, y cuando dos años después lograron convencer a la Comisión de Administración Pública estadounidense de que eliminara la prohibición de contratar a trabajadores federales gays y lesbianas, en vigor desde la década de 1950. (...)

Homofobia
A pesar de los avances logrados en los años sesenta y setenta -al menos en algunos países-, el movimiento por los derechos gays no ha acabado con los prejuicios antihomosexuales ni ha modificado la cultura heterosexual dominante. Los cambios en la legislación civil y penal de ciertos países pueden haber conducido a una discriminación menos oficial, pero como realidad social persiste. Desde finales de la década de 1960 se han abolido las leyes penales contra los varones homosexuales en Gran Bretaña, Alemania, los Países Bajos, Francia, España y otros muchos Estados europeos. La Unión Europea, por su parte, ha prohibido la legislación antihomosexual y respalda las políticas contrarias a la discriminación en los lugares de trabajo. No obstante, incluso en los Países Bajos, cuya sociedad está considerada por muchos como la más tolerante del mundo, siguen estando extendidas las actitudes antihomosexuales y la violencia homófoba. A pesar de que las nuevas generaciones han crecido en una cultura respetuosa con la homosexualidad y la heterosexualidad, muchos jóvenes (principalmente varones) albergan todavía prejuicios contra los homosexuales y actúan en consecuencia, perpetrando desde el asesinato hasta formas más encubiertas de acoso, por ejemplo, en círculos políticos e intelectuales. (...)

A comienzos del año 2004 fue noticia en toda Francia la mutilación de un gay en su jardín a manos de unos jóvenes, lo cual dejó clara la necesidad de fomentar la igualdad de derechos tales como el matrimonio para acabar con esa discriminación. No hay datos fidedignos sobre este tipo de sucesos, pero en todo caso parece que los gays se enfrentan a altos niveles de acoso verbal y físico. En los patios de los colegios siguen oyéndose con frecuencia insultos contra los homosexuales, y la discriminación, ya sea explícita o implícita, persiste en las familias, en los lugares de trabajo y en los ámbitos de la sanidad y el ocio. Se les niegan los ascensos en el trabajo y se discrimina o desatiende a sus compañeros, al tiempo que muchas regulaciones referidas a la vivienda, la sanidad, los seguros o las pensiones no abarcan a los homosexuales o a sus parejas. En el ámbito laboral, los homosexuales han de hacer frente a un techo de cristal semejante al que sufren las mujeres, y los tópicos heterosexistas de la sociedad (los gays y las lesbianas son considerados heterosexuales hasta que se demuestre lo contrario) plantean un problema persistente. (...)


Desde la década de 1960, los países europeos han ido despenalizando la homosexualidad, y en la actualidad ya ningún Estado la prohíbe explícitamente. También se ha despenalizado en países como Australia y Suráfrica. En 1989, el Tribunal Supremo de Estados Unidos decidió mantener las leyes antisodomíticas, en medio de grandes protestas. En 2003, sin embargo, anuló la decisión anterior en una resolución que marcó todo un hito al declarar inconstitucional la penalización de los actos homosexuales.


Gays y lesbianas. Vida y cultura. Editorial Nerea
Desde la Grecia y Roma clásicas hasta las actuales cuestiones de los derechos gays, el sida y los matrimonios civiles, el libro se adentra además en otras culturas no occidentales y descubre la variedad de relaciones entre personas del mismo sexo documentada a lo largo de la historia y en todo el mundo. De este estudio, que sale el día 17, publicamos un extracto de los capítulos de Domenico Rizzo y Gert Hekma.